Todos la habremos
sufrido. Primero fue con Instagram, algo parecido hicieron con
Facebook y ahora la innovación ha llegado a WhatsApp. Aquello que
nació en Snapchat como una forma de saber las 24 horas del día que
hacen los demás, ahora ha conquistado los demás espacios de las
redes sociales. Esto ya no es tan solo por una moda, sino por una
lógica que parece que ha entrado profundamente en el comportamiento
de lo humano. Ninguna moda se extiende si no es mediante la
comprensión de lo humano y su capacidad de asimilación de nuevas
costumbres.
No pretendo hacer la
crítica a lo que es WhatsApp. Siempre he considerado algo
constitutivo del ser humano el hecho de tener miedo del cambio. A
todo tipo de cambio. De ahí el odio infundado que se suelen tener a
las redes sociales, a pesar de lo útiles que puedan ser para crear
espacios de debate, de socialización, etc. Por supuesto,
anteriormente las formas de vida eran completamente diferentes a las
que se dan ahora con tales adelantos tecnológicos, pero la crítica
por la crítica (o por el mero hecho de marcar una diferencia al
vivir de lo anterior) es absurda. No obstante, aquí encontramos un
nuevo elemento de las redes sociales en el que sí es importante
indagar.
El triunfo de Snapchat
fue casi unánime entre los sectores jóvenes de la población.
Parecía absurdo. Su mecanismo se basaba en algo tan simple como
subir fotos que a las 24 horas se borraban. Yo jamás he tenido esta
red social, principalmente porque la veía inútil. ¿Por qué voy a
subir fotos que a las 24 horas se borran? Precisamente si subo fotos
a una red social es para que haya una forma de recuerdo de lo que he
hecho en un determinado momento (las fotos de un viaje a París, de
una fiesta...). En aquel momento no caí en la cuenta. El elemento
que hizo a Snapchat tan conocido es el del control
Efectivamente, el ser
humano tiene esta faceta. Le encanta controlar lo que hacen los
demás. Somos cotillas, curiosos. En España, los programas con mayor
audiencia son programas que se dedican a hablar sobre cotilleos de
personas famosas. Incluso en Youtube, una forma de entretenimiento
que cada vez gana más adeptos, empezaron a invadir los canales de
salseo en los que se hablaban de la vida privada de los youtubers. Y,
curiosamente, a nosotros nos encanta exponer nuestra vida. Tal es la
fórmula que ha hecho triunfar a Snapchat. La necesidad de ocupar un
espacio público en la vida de los demás es lo que ha hecho triunfar
tanto a las redes sociales. Más si esto es efímero, si se da en el
momento en el que yo he realizado la acción. Sientes que hay
dependencia de los demás por saber de ti, como si estuvieras
haciendo una historia de tu día a día (no es casualidad que en
Instagram esta opción se denomine Mi historia).
¿Esto
es malo? No tiene por qué. Es una curiosidad, una forma en la que el
ser humano se relaciona con los demás. Contando una historia que, en
la mayoría de ocasiones, es la suya propia. Cuando quedamos con
amigos, hacemos llamadas telefónicas... ¿Acaso no es eso lo que
hacemos? ¿Acaso no contamos qué es lo que nos ha sucedido, ya sea
en el lapso de tiempo en el que no estuvimos en contacto con estos,
ya sea para recordar historias que nos sucedieron en conjunto? La
única diferencia es que en las redes sociales se nos permite hacerlo
de manera instantánea, sin necesidad de esperar a que haya contacto
físico.
Como
bien dijo Bauman (al cual parece que va siendo costumbre mencionar en
cada una de mis entradas), algo que también caracteriza a este
elemento de las redes sociales es que ahora siempre estamos
disponibles. Ya no tenemos la excusa del "no pude cogerlo"
o "no pude atenderte". Siempre llevas contigo el
dispositivo móvil, estás condenado a hacer saber a los demás qué
haces y, en caso de ser necesitado, acudir aunque sea virtualmente.
Tal es el lugar al que hay que parar para poder analizar
correctamente qué supone la nueva actualización de WhatsApp, esto
es, la completa disponibilidad para contar tu historia, para saber
qué haces en cada momento.
Cierto
es que, mientras esto quedaba en Instagram o Snapchat, tú elegías
quién veía tu historia. Tu elegías quién podía ser testigo de lo
que hacías día a día. Si subías una foto de fiesta con tus
compañeros de trabajo se quedaba entre compañeros de trabajo y
aquellos a los que has dejado accerder a tu contenido en esta red
social. Ahora esto ha cambiado por completo. La absoluta
disponibilidad de WhatsApp (pues no puedes eludir que aquellos con
los que mantienes contacto físico de cualquier tipo, ya sea el jefe,
la pareja, tu familia, etc. siempre los tendrás en contactos de
WhatsApp porque tal es la característica principal de este frente a
otras redes sociales) hace que todos sean conscientes de lo que
haces. Si subiste una foto de fiesta con tus compañeros de trabajo,
tu jefe lo verá y sabrá por qué faltaste al trabajo el sábado por
la mañana.
En
conclusión, tenemos un mayor control sobre lo que hacen nuestros
contactos y eso acaba siendo inevitable. Por una parte, porque
necesitamos saber y por otra, porque precismante porque necesitamos
saber hacemos que los demás sepan e incluso, necesitamos que los
demás sepan de nosotros (por esa necesidad de formar parte de la
escena pública, opción que nos otorgan las redes sociales). Es una
especie de pacto no escrito. Por ello utilizamos las redes sociales.
Por ello, por mucho que nos quejemos porque nos parece absurda la
nueva actualización de WhatsApp acabamos subiendo fotos e historias
al estado. Precisamente por ello, porque la lógica del sistema es
ineludible.