jueves, 23 de febrero de 2017

Hablemos de la nueva actualización del WhatsApp

Todos la habremos sufrido. Primero fue con Instagram, algo parecido hicieron con Facebook y ahora la innovación ha llegado a WhatsApp. Aquello que nació en Snapchat como una forma de saber las 24 horas del día que hacen los demás, ahora ha conquistado los demás espacios de las redes sociales. Esto ya no es tan solo por una moda, sino por una lógica que parece que ha entrado profundamente en el comportamiento de lo humano. Ninguna moda se extiende si no es mediante la comprensión de lo humano y su capacidad de asimilación de nuevas costumbres.

No pretendo hacer la crítica a lo que es WhatsApp. Siempre he considerado algo constitutivo del ser humano el hecho de tener miedo del cambio. A todo tipo de cambio. De ahí el odio infundado que se suelen tener a las redes sociales, a pesar de lo útiles que puedan ser para crear espacios de debate, de socialización, etc. Por supuesto, anteriormente las formas de vida eran completamente diferentes a las que se dan ahora con tales adelantos tecnológicos, pero la crítica por la crítica (o por el mero hecho de marcar una diferencia al vivir de lo anterior) es absurda. No obstante, aquí encontramos un nuevo elemento de las redes sociales en el que sí es importante indagar.

El triunfo de Snapchat fue casi unánime entre los sectores jóvenes de la población. Parecía absurdo. Su mecanismo se basaba en algo tan simple como subir fotos que a las 24 horas se borraban. Yo jamás he tenido esta red social, principalmente porque la veía inútil. ¿Por qué voy a subir fotos que a las 24 horas se borran? Precisamente si subo fotos a una red social es para que haya una forma de recuerdo de lo que he hecho en un determinado momento (las fotos de un viaje a París, de una fiesta...). En aquel momento no caí en la cuenta. El elemento que hizo a Snapchat tan conocido es el del control

Efectivamente, el ser humano tiene esta faceta. Le encanta controlar lo que hacen los demás. Somos cotillas, curiosos. En España, los programas con mayor audiencia son programas que se dedican a hablar sobre cotilleos de personas famosas. Incluso en Youtube, una forma de entretenimiento que cada vez gana más adeptos, empezaron a invadir los canales de salseo en los que se hablaban de la vida privada de los youtubers. Y, curiosamente, a nosotros nos encanta exponer nuestra vida. Tal es la fórmula que ha hecho triunfar a Snapchat. La necesidad de ocupar un espacio público en la vida de los demás es lo que ha hecho triunfar tanto a las redes sociales. Más si esto es efímero, si se da en el momento en el que yo he realizado la acción. Sientes que hay dependencia de los demás por saber de ti, como si estuvieras haciendo una historia de tu día a día (no es casualidad que en Instagram esta opción se denomine Mi historia).

¿Esto es malo? No tiene por qué. Es una curiosidad, una forma en la que el ser humano se relaciona con los demás. Contando una historia que, en la mayoría de ocasiones, es la suya propia. Cuando quedamos con amigos, hacemos llamadas telefónicas... ¿Acaso no es eso lo que hacemos? ¿Acaso no contamos qué es lo que nos ha sucedido, ya sea en el lapso de tiempo en el que no estuvimos en contacto con estos, ya sea para recordar historias que nos sucedieron en conjunto? La única diferencia es que en las redes sociales se nos permite hacerlo de manera instantánea, sin necesidad de esperar a que haya contacto físico.

Como bien dijo Bauman (al cual parece que va siendo costumbre mencionar en cada una de mis entradas), algo que también caracteriza a este elemento de las redes sociales es que ahora siempre estamos disponibles. Ya no tenemos la excusa del "no pude cogerlo" o "no pude atenderte". Siempre llevas contigo el dispositivo móvil, estás condenado a hacer saber a los demás qué haces y, en caso de ser necesitado, acudir aunque sea virtualmente. Tal es el lugar al que hay que parar para poder analizar correctamente qué supone la nueva actualización de WhatsApp, esto es, la completa disponibilidad para contar tu historia, para saber qué haces en cada momento.

Cierto es que, mientras esto quedaba en Instagram o Snapchat, tú elegías quién veía tu historia. Tu elegías quién podía ser testigo de lo que hacías día a día. Si subías una foto de fiesta con tus compañeros de trabajo se quedaba entre compañeros de trabajo y aquellos a los que has dejado accerder a tu contenido en esta red social. Ahora esto ha cambiado por completo. La absoluta disponibilidad de WhatsApp (pues no puedes eludir que aquellos con los que mantienes contacto físico de cualquier tipo, ya sea el jefe, la pareja, tu familia, etc. siempre los tendrás en contactos de WhatsApp porque tal es la característica principal de este frente a otras redes sociales) hace que todos sean conscientes de lo que haces. Si subiste una foto de fiesta con tus compañeros de trabajo, tu jefe lo verá y sabrá por qué faltaste al trabajo el sábado por la mañana.

En conclusión, tenemos un mayor control sobre lo que hacen nuestros contactos y eso acaba siendo inevitable. Por una parte, porque necesitamos saber y por otra, porque precismante porque necesitamos saber hacemos que los demás sepan e incluso, necesitamos que los demás sepan de nosotros (por esa necesidad de formar parte de la escena pública, opción que nos otorgan las redes sociales). Es una especie de pacto no escrito. Por ello utilizamos las redes sociales. Por ello, por mucho que nos quejemos porque nos parece absurda la nueva actualización de WhatsApp acabamos subiendo fotos e historias al estado. Precisamente por ello, porque la lógica del sistema es ineludible.

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Amor libre?

No puedo evitar pasar por este tema sin mencionar antes a un autor cuya muerte llegó recientemente (concretamente el 9 de este mes) y que escribió sobre estos temas con la agudeza con la que trataba los demás; Zygmunt Bauman. Si se habla de cualquier fenómeno sucedáneo de la cultura capitalista postindustrial (o posmoderna), no se pueden ignorar las palabras de este sociólogo. Como siempre, para Bauman, todo es líquido. Hemos destruido todo rastro de la solidez de nuestras sociedades. Vivimos en las sociedades sin fundamento (abgrund), a las cuales denomina sociedades líquidas, inmersas en la modernidad líquida.

En este caso, el amor también cae en la liquidez de la que tanto habla. En su libro Amor líquido, trata como hemos perdido la profundidad a la hora de tratar nuestras relaciones. Estamos inmersos en relaciones superficiales, etéreas, en las cuales el compromiso ha dado lugar a la frialdad del cálculo entre costes y beneficios. El arraigado individualismo de nuestras culturas nos ha hecho asumir el hecho de mantener relaciones fuertes como un peligro para nuestra capacidad de autonomía. El amor entra en una lógica de consumo. Ni siquiera este puede escapar frente a la evolución de la lógica de mercado. Nos tratamos como mercancía. En nuestra mente, mantenemos ese cálculo de coste-beneficio de quien va a solicitar una hipoteca. Y, como quien va a solicitar una hipoteca, no quiere enrolarse en un compromiso de largo alcance. Por ello, nuestras relaciones son poco duraderas y, en su mayoría, tienen fecha de caducidad.

Como con todo lo que se ha vuelto líquido, en el amor se abre una brecha de reflexión. La eliminación del compromiso ha abierto un mundo de posibilidades, entre ellas lo que se denomina como “amor libre”. Al entrar en este tema, dejaré que quede clara mi intención desde un primer momento. Considero al término redundante. ¿En qué momento el amor puede dejar de ser libre? ¿Se puede hablar de amor cuando existe una relación de poder desigual entre los que participen de estos? En mi opinión, el amor solo puede darse en condiciones de igualdad y libertad (al igual que la igualdad y libertad solo puede brotar del amor). Por tanto, lo que se hace cuando se habla de este término es camuflar otra forma de amor, pues no existe el amor no libre.

En primer lugar, si hacemos una primera aproximación al tema, podemos observar como la crítica va completamente destinada hacia la monogamia. Para los defensores del amor libre, las relaciones monógamas contienen un elemento tóxico, pues “implican ese control y esa posesión sobre la otra/las otras personas. La mera idea de pensar que si quieres a una persona deberías tener la capacidad de exigirle que no esté con nadie más suele desembocar en muchos otros problemas.”. En el mismo artículo (dejo el link aquí: http://amorlibrespain.tk/toxicidad-en-las-relaciones/), se define como tóxica una relación cuando “afecta a la integridad emocional de alguna de las partes y cuando atenta contra su voluntad y libertad individual”. Bien es cierto que en el propio artículo se llega a aceptar que no todas las relaciones monógamas son tóxicas. Pero si esto es cierto, podemos decir que la idea de control y posesión no se encuentra intrínsecamente ligada a la idea de monogamia, sino a una forma falsa de amar ligada más bien a una representación cultural (el patriarcado).

Por otra parte, parece que cuando entran a discutir sobre la monogamia entienden esta como un pacto entre arrendatarios que se ceden pertenencias. Textualmente se dice que en las relaciones monógamas se hace el siguiente contrato “tú me perteneces y yo te pertenezco”. La idea no es de pertenencia, más bien, de entrega. No se entrega tampoco a la persona como pertenencia, sino como amante. Y como amante entrega sus besos, su pasión, sus relaciones sexuales... En caso de que fuese un contrato de pertenencia, en el momento de ver otra pertenencia que fuese mejor, no dudaría en cancelar el contrato. Con esto no digo que las relaciones monógamas sean idílicas, más bien lo contrario. Comparto hasta cierto punto la crítica que hacen a estas desde las perspectivas del amor libre, no obstante, repito que aquello que critican no destruye la esencia de lo que es la monogamia, pues son diferentes manifestaciones de esta.

Analicemos ahora otro artículo sobre la monogamia. Más bien, se hace llamar una defensa a la libertad sexual de la mujer (parte del artículo que suscribo al cien por cien). Sin embargo, se da una crítica a la monogamia que me parece interesante tratar. Si alguno de vosotros tiene conocimientos en inglés, recomiendo que se haga una lectura a este artículo de Elfy Scott, llamado In defense of promiscuity (http://www.sneakymag.com/sex-2/promiscuity/). En el artículo comenta como supuestamente existen pruebas científicas de que biológicamente el ser humano está diseñado para no ser monógamo. Esta afirmación sin duda es sorprendente. Nos remite a dos investigadores: Christopher Ryan y Cacilda Jethá. Estos afirman que la monogamia es un constructo social. Bien, he de decirlo, tienen razón. Tampoco es que hayan descubierto América. Me explico, decir que un elemento principalmente social (el amor) es un constructo social no creo que tenga mucho mérito científico. Mucho menos cuando se intenta poner como ejemplo un hipotético estado de naturaleza (recordemos que el contractualismo jamás aceptó estas posibilidades como 100% reales, sino siempre como marcos hipotéticos en los que construir una teoría sobre la organización política).

Además, por mucho que digamos que biológicamente no estamos diseñados para ser monógamos (cosa que sería absurda, pues de ser así no seríamos monógamos ninguno), daría exactamente lo mismo, pues el ser humano no vive solo en el marco de lo biológico (cosa que cualquier transgénero, transexual, etc. podría corroborar). Elfy Scott pone como ejemplo a los bonobos, simios que poseen una gran actividad sexual, empleándola incluso como saludo. Por contra, podríamos hablar de otros familiares igualmente cercanos a nuestra rama evolutiva: los chimpancés y los orangutanes. Ambos se estructuran de manera monógama e incluso, los orangutanes actúan de manera muy territorial. El argumento que da Elfy Scott, intentando tirar por lo científico, fracasa al no poder encontrar un fundamento biológico a un comportamiento que, efectivamente, es cultural.

El fracaso del propio artículo llega cuando la propia Elfy Scott admite que sentir atracción sexual no supone amar. No hace falta amar para tener relaciones sexuales, al igual que no hace falta tener relaciones sexuales para amar (¿dónde entraría los asexuales si no?). Elfy Scott no puede acabar de rechazar la monogamia, pues no encuentra un argumento que la anule. El artículo que más veces he visto compartido en redes que defienden el amor libre como crítica a las relaciones monógamas no consigue alcanzar la profundidad suficiente.

Las formas de amor libre son muy diversas. La más conocida es el poliamor, en contraposición con el monoamor. Los partidarios del amor libre, elevan el poliamor al nivel de condición sexual. Encontramos artículos que lo que nos aconsejan sobre como salir del armario si somos poliamorosos. En este link podemos encontrar una definición del poliamor: http://amorlibrespain.tk/sobre-el-poliamor/. Extraña encontrar en la misma definición una negación propia de otros tipos de amor. “El amor exclusivo no es, por definición, amor”. No se está defendiendo la libertad de escoger, se está atacando directamente una forma de amar. Además esa descripción de lo monogámico como tóxico, enfermizo. Extraño pero cierto, los defensores del amor libre han entrado en la dinámica de los que más han luchado contra libertad del amor: los homófobos. “Eso no es amor”, gritaba la Iglesia Católica. La definición de lo que es amor y lo que no es, por definición, intolerancia y, por lo tanto, niega cualquier posibilidad de amor. Lo que denominaban libre está aun más encadenado que lo que pretenden liberar. Se han desenmascarado. El amor libre no surge como una forma de amor más, como una opción a elegir (aunque suene redundante) libremente, sino como la única forma de amor. He aquí donde pierde su fuerza pues el amor nunca debe ser fruto de la imposición.

Por si fuera poco, estos ámbitos suelen ser donde más ronda la hipernormatividad, la clasificación en categorías perfectamente separadas unas de otras. Curiosamente, el amor libre se encuentra sujeto a normas. Puedes encontrar también guías de como deconstruirte, pasos a seguir para ser poliamoroso, etc. Es un concepto mucho más encerrado del que es el monoamor. Los que tanto afirmaban que las limitaciones en el amor monógamo erosionaban las relaciones de pareja, han resultado ser los mayores limitadores. Y como ya hemos comentado, si no es libre, no puede ser considerado amor.

Quizá Platón no se hallaba tan equivocado. Quizá el, tan malinterpretado, concepto de amor platónico sea la solución al problema del amor. Amar a la esencia, al alma de la persona, a una como individuo, a todas las demás como miembros de la polis. Conseguir que el amor sea impulso de lo político. Además, el amor exige ser trabajado a diario. No es algo que se consigue en el ambiente, que aparece y se va como si nada. Se trata de algo que hay que esforzarse por mantener. Realmente, asusta pensar que da tanto miedo en las sociedades de hoy en día comprometerse a algo tan bonito como el amor... y esforzarte por mantenerlo.