viernes, 10 de noviembre de 2017

Réplica a "mi mundo ideal"

En esta entrada se realizará una réplica/crítica a una idea realizada en un blog de un compañero. Os animo a leer ambas reflexiones, pues ninguna debe ser rechazada. En primer lugar, aclarar que esta fue una idea que mi compañero tuvo hace tiempo y que, por lo tanto, su tesis estará mucho más asentada y trabajada que en su formato original. Por otro lado, dejar claro que el autor de esta entrada es un buen compañero mío de la Facultad de Filosofía y que el debate que aquí planteo será siempre desde la cordialidad y la sanidad de este mismo. El link lo dejo a continuación y os invito a leerlo antes de comenzar con mi crítica a este planteamiento: http://lalocuraes.blogspot.com.es/2013/04/mi-mundo-ideal.html.

Podemos observar que se trata de una exposición de un mundo que el autor sueña. Un mundo completamente distinto al nuestro. Ahora bien, no me centraré en otros aspectos que el autor señala, como la reducción del presupuesto militar o el triunfo de ciertas premisas de lo que fue el 15M. Hay una medida que me llama mucho más la atención: el establecimiento de una edad máxima de vida.

Se podría plantear esta tesis desde varios puntos de vista, los cuales exploraré a continuación (pues todos estos son puntos que hemos tratado en debates personales, cara a cara). El primero de todos es el que él mismo expone en el propio artículo. Mezcla dos perspectivas personales muy interesantes. El hedonismo, por una parte le hace defender la mayor satisfacción de nuestros placeres. Por otra parte, el comunismo, el cual le hace mirar por el bien común. Este es un cocktail de pensamientos filosóficos que nos muestra como ingredientes un individualismo basado en los placeres y los deseos del sujeto y un colectivismo basado en un bienestar común, lo que es mejor para la sociedad.

El hedonismo puede parecer una tesis filosófica muy interesante. En parte, comparto muchos aspectos de este pensamiento. No obstante, siempre he considerado que se queda corto en su descripción del individuo. ¿Acaso solo podemos limitarnos a los placeres personales? ¿Acaso los sujetos no somos algo más complejo que solamente deseos e instintos? Esta es una premisa que podemos rechazar de base. El individuo busca algo más que esto. En mi humilde opinión, ya vivimos en una sociedad basada en la satisfacción continua de nuestros deseos personales y, a lo único a lo que nos ha llevado es a vivir en la sociedad en la cual la depresión se ha puesto como una de las enfermedades más comunes en este siglo XXI, junto con el cáncer y el sida.

Con respecto a su tesis sobre el bien común, tengo una crítica asentada hace ya tiempo con respecto a este tipo de perspectivas. Numerosos autores a lo largo de la filosofía han intentado basar sus conclusiones éticas y políticas sobre esta premisa. Existe un problema muy grande con estos planteamientos. Cuanto más se piensa en el bienestar común, menos se piensa en el bienestar del individuo. Es paradójico, pues la mayoría de dilemas morales que se han tratado a lo largo de la historia de la filosofía moral se basan en esta dualidad. Retomaré este tema más adentrado el artículo.

Otra perspectiva sobre la cual se podría apoyar la medida de una edad máxima de vida es un problema demográfico. Argumentar la sobre-población para defender este tipo de medidas es algo que siempre se ha visto en todo tipo de debates. ¿Es la sobre-población un problema tan serio? Obviamente sí. No voy a ser tan estúpido de cegarme por no defender esto. Ahora bien, habría que mirar si esta solución no podría resultar en problemas más graves.

El problema más serio que veo con esto es el siguiente: que se esté defendiendo una medida que toca el campo de la moral para intentar arreglar un problema de origen demográfico y económico. Me explico. Cuando se toma una medida tal que resulta en problemas morales, la justificación debería centrarse en ser una justificación moral, no desde otro ámbito. Es peligroso poder lanzar conclusiones al aire sin que haya una revisión moral de estas mismas.

Dicho lo cual, cabría hacerse la pregunta ¿Es moral obligar al suicidio asistido a todas aquellas personas que hayan llegado a cierta edad? Mi respuesta es un no rotundo. En primer lugar, porque el propio concepto de suicidio obligatorio va en contra de todo lo que debería ser un suicidio. Es una decisión que uno toma sobre su propia vida, un derecho basado en el habeas corpus y en los artículos 1 y 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dicen así: “todos los seres humanos nacen libres e iguales” y “todo individuo tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad”. Si bien es cierto que no seré yo quien defienda que los DDHH son absolutos y determinantes, también es verdad que a día de hoy, quien quiera tomar una medida que vaya en contra de estos tendrá que justificarlo desde un razonamiento moral.

¿Qué es entonces el suicidio? ¿Qué personas pueden tomar esta decisión? Este es un tema que levanta polémicas. Desde mi punto de vista, el suicidio es una decisión que debe ser tomada desde una serie de condiciones óptimas del sujeto. Sería injusto, pues, que una persona que tiene una serie de problemas mentales tomase esta decisión sin haber tratado estos problemas con anterioridad. Asímismo podemos estar de acuerdo en que estas condiciones no se cumplen en el sistema propuesto por mi compañero. Lo que propone entonces, no es un suicidio obligatorio, sino un asesinato.

Lo que es peor, este asesinato se toma en como una especie de procedimiento burocrático. Un filósofo esloveno dijo alguna vez que si supiéramos de antemano el día de nuestra muerte, nadie elegiría vivir. No puedo estar más de acuerdo. La muerta ya es una circunstancia que ronda nuestra mente, como una especie de amenaza constante. La condición de estar vivos es la seguridad de estar muertos en un futuro. La seguridad de estar muertos en una fecha límite arranca las posibilidades de vida. El individuo no podría satisfacer sus deseos y sentirse bien con ellos, no solo porque el sujeto no se alimenta de placeres, sino también porque el hecho de limitar su vida hace que los deseos sean aún más ilimitados.

La sociedad de las prisas, del consumo desenfrenado, del cumplimiento de unos planes autoasignados seguiría vigente. Mientras esto siga vigente, los cuidados de sí no desaparecerán. El individuo-empresa se acentuará incluso más. La sociedad en la que la depresión es la enfermedad más exitosa en las listas de pacientes estará ahí. No puedo pensar que esto se sostenga con el hedonismo. Más bien lo contradice por completo. Lo que defiende mi compañero en secreto es el estoicismo.

Esto se muestra más claro en el momento en el que se habla de la muerte en su artículo. La muerte es algo tan natural como el nacimiento. Sin embargo, nos causa horror. Deberíamos aceptarla, como quien acepta una ruptura. No obstante, ¿qué da un sentido a la vida más que el miedo constante a la muerte? En este punto ya no hablo solo de vida humana, sino más bien de vida en el sentido biológico.

Darwin definió la vida como el arraigo que tenemos hacia esta. El sentido de la existencia de las especies es el instinto de supervivencia, ya no solo de la misma especie, sino, como bien define Richard Dawkins en su reformulación del neodarwinismo del propio individuo. La muerte nos aterra, no solo a los humanos (por lo tanto, no es algo cultural como dice el autor de este articulo, sino algo biológico) sino a todos los seres animales. De hecho, más bien, el único ser capaz de quitarse ese arraigo a la vida sería el ser humano, pues este tiene la opción del suicidio. El miedo a la muerte es algo incluso más natural que la propia muerte.


Como conclusión, quería volver a señalar la contradicción que he encontrado en la formulación de esta idea. Esa contradicción que además sirve como paradigma de casi todos los dilemas morales. Esta es, la contradicción entre el bien del individuo y el bien social. Hay quien pudiera decirme que no es así, que existe una posición que podría resumir ambos bienes, no obstante, en estas terceras posiciones siempre se esconde una de las dos propuestas. Lo que se pretende desde este artículo es demostrar que una medida que defiende el bien común, puede servir para defender el bien del individuo. Ahora bien, resulta que hemos conseguido demostrar que no es así del todo. Que las consecuencias de este planteamiento son aún más perjudiciales para el individuo. Será muy complicado reconciliar ambas posturas. Es un reto que se nos plantea a los filósofos morales, un reto que habrá que asumir.

jueves, 23 de febrero de 2017

Hablemos de la nueva actualización del WhatsApp

Todos la habremos sufrido. Primero fue con Instagram, algo parecido hicieron con Facebook y ahora la innovación ha llegado a WhatsApp. Aquello que nació en Snapchat como una forma de saber las 24 horas del día que hacen los demás, ahora ha conquistado los demás espacios de las redes sociales. Esto ya no es tan solo por una moda, sino por una lógica que parece que ha entrado profundamente en el comportamiento de lo humano. Ninguna moda se extiende si no es mediante la comprensión de lo humano y su capacidad de asimilación de nuevas costumbres.

No pretendo hacer la crítica a lo que es WhatsApp. Siempre he considerado algo constitutivo del ser humano el hecho de tener miedo del cambio. A todo tipo de cambio. De ahí el odio infundado que se suelen tener a las redes sociales, a pesar de lo útiles que puedan ser para crear espacios de debate, de socialización, etc. Por supuesto, anteriormente las formas de vida eran completamente diferentes a las que se dan ahora con tales adelantos tecnológicos, pero la crítica por la crítica (o por el mero hecho de marcar una diferencia al vivir de lo anterior) es absurda. No obstante, aquí encontramos un nuevo elemento de las redes sociales en el que sí es importante indagar.

El triunfo de Snapchat fue casi unánime entre los sectores jóvenes de la población. Parecía absurdo. Su mecanismo se basaba en algo tan simple como subir fotos que a las 24 horas se borraban. Yo jamás he tenido esta red social, principalmente porque la veía inútil. ¿Por qué voy a subir fotos que a las 24 horas se borran? Precisamente si subo fotos a una red social es para que haya una forma de recuerdo de lo que he hecho en un determinado momento (las fotos de un viaje a París, de una fiesta...). En aquel momento no caí en la cuenta. El elemento que hizo a Snapchat tan conocido es el del control

Efectivamente, el ser humano tiene esta faceta. Le encanta controlar lo que hacen los demás. Somos cotillas, curiosos. En España, los programas con mayor audiencia son programas que se dedican a hablar sobre cotilleos de personas famosas. Incluso en Youtube, una forma de entretenimiento que cada vez gana más adeptos, empezaron a invadir los canales de salseo en los que se hablaban de la vida privada de los youtubers. Y, curiosamente, a nosotros nos encanta exponer nuestra vida. Tal es la fórmula que ha hecho triunfar a Snapchat. La necesidad de ocupar un espacio público en la vida de los demás es lo que ha hecho triunfar tanto a las redes sociales. Más si esto es efímero, si se da en el momento en el que yo he realizado la acción. Sientes que hay dependencia de los demás por saber de ti, como si estuvieras haciendo una historia de tu día a día (no es casualidad que en Instagram esta opción se denomine Mi historia).

¿Esto es malo? No tiene por qué. Es una curiosidad, una forma en la que el ser humano se relaciona con los demás. Contando una historia que, en la mayoría de ocasiones, es la suya propia. Cuando quedamos con amigos, hacemos llamadas telefónicas... ¿Acaso no es eso lo que hacemos? ¿Acaso no contamos qué es lo que nos ha sucedido, ya sea en el lapso de tiempo en el que no estuvimos en contacto con estos, ya sea para recordar historias que nos sucedieron en conjunto? La única diferencia es que en las redes sociales se nos permite hacerlo de manera instantánea, sin necesidad de esperar a que haya contacto físico.

Como bien dijo Bauman (al cual parece que va siendo costumbre mencionar en cada una de mis entradas), algo que también caracteriza a este elemento de las redes sociales es que ahora siempre estamos disponibles. Ya no tenemos la excusa del "no pude cogerlo" o "no pude atenderte". Siempre llevas contigo el dispositivo móvil, estás condenado a hacer saber a los demás qué haces y, en caso de ser necesitado, acudir aunque sea virtualmente. Tal es el lugar al que hay que parar para poder analizar correctamente qué supone la nueva actualización de WhatsApp, esto es, la completa disponibilidad para contar tu historia, para saber qué haces en cada momento.

Cierto es que, mientras esto quedaba en Instagram o Snapchat, tú elegías quién veía tu historia. Tu elegías quién podía ser testigo de lo que hacías día a día. Si subías una foto de fiesta con tus compañeros de trabajo se quedaba entre compañeros de trabajo y aquellos a los que has dejado accerder a tu contenido en esta red social. Ahora esto ha cambiado por completo. La absoluta disponibilidad de WhatsApp (pues no puedes eludir que aquellos con los que mantienes contacto físico de cualquier tipo, ya sea el jefe, la pareja, tu familia, etc. siempre los tendrás en contactos de WhatsApp porque tal es la característica principal de este frente a otras redes sociales) hace que todos sean conscientes de lo que haces. Si subiste una foto de fiesta con tus compañeros de trabajo, tu jefe lo verá y sabrá por qué faltaste al trabajo el sábado por la mañana.

En conclusión, tenemos un mayor control sobre lo que hacen nuestros contactos y eso acaba siendo inevitable. Por una parte, porque necesitamos saber y por otra, porque precismante porque necesitamos saber hacemos que los demás sepan e incluso, necesitamos que los demás sepan de nosotros (por esa necesidad de formar parte de la escena pública, opción que nos otorgan las redes sociales). Es una especie de pacto no escrito. Por ello utilizamos las redes sociales. Por ello, por mucho que nos quejemos porque nos parece absurda la nueva actualización de WhatsApp acabamos subiendo fotos e historias al estado. Precisamente por ello, porque la lógica del sistema es ineludible.

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Amor libre?

No puedo evitar pasar por este tema sin mencionar antes a un autor cuya muerte llegó recientemente (concretamente el 9 de este mes) y que escribió sobre estos temas con la agudeza con la que trataba los demás; Zygmunt Bauman. Si se habla de cualquier fenómeno sucedáneo de la cultura capitalista postindustrial (o posmoderna), no se pueden ignorar las palabras de este sociólogo. Como siempre, para Bauman, todo es líquido. Hemos destruido todo rastro de la solidez de nuestras sociedades. Vivimos en las sociedades sin fundamento (abgrund), a las cuales denomina sociedades líquidas, inmersas en la modernidad líquida.

En este caso, el amor también cae en la liquidez de la que tanto habla. En su libro Amor líquido, trata como hemos perdido la profundidad a la hora de tratar nuestras relaciones. Estamos inmersos en relaciones superficiales, etéreas, en las cuales el compromiso ha dado lugar a la frialdad del cálculo entre costes y beneficios. El arraigado individualismo de nuestras culturas nos ha hecho asumir el hecho de mantener relaciones fuertes como un peligro para nuestra capacidad de autonomía. El amor entra en una lógica de consumo. Ni siquiera este puede escapar frente a la evolución de la lógica de mercado. Nos tratamos como mercancía. En nuestra mente, mantenemos ese cálculo de coste-beneficio de quien va a solicitar una hipoteca. Y, como quien va a solicitar una hipoteca, no quiere enrolarse en un compromiso de largo alcance. Por ello, nuestras relaciones son poco duraderas y, en su mayoría, tienen fecha de caducidad.

Como con todo lo que se ha vuelto líquido, en el amor se abre una brecha de reflexión. La eliminación del compromiso ha abierto un mundo de posibilidades, entre ellas lo que se denomina como “amor libre”. Al entrar en este tema, dejaré que quede clara mi intención desde un primer momento. Considero al término redundante. ¿En qué momento el amor puede dejar de ser libre? ¿Se puede hablar de amor cuando existe una relación de poder desigual entre los que participen de estos? En mi opinión, el amor solo puede darse en condiciones de igualdad y libertad (al igual que la igualdad y libertad solo puede brotar del amor). Por tanto, lo que se hace cuando se habla de este término es camuflar otra forma de amor, pues no existe el amor no libre.

En primer lugar, si hacemos una primera aproximación al tema, podemos observar como la crítica va completamente destinada hacia la monogamia. Para los defensores del amor libre, las relaciones monógamas contienen un elemento tóxico, pues “implican ese control y esa posesión sobre la otra/las otras personas. La mera idea de pensar que si quieres a una persona deberías tener la capacidad de exigirle que no esté con nadie más suele desembocar en muchos otros problemas.”. En el mismo artículo (dejo el link aquí: http://amorlibrespain.tk/toxicidad-en-las-relaciones/), se define como tóxica una relación cuando “afecta a la integridad emocional de alguna de las partes y cuando atenta contra su voluntad y libertad individual”. Bien es cierto que en el propio artículo se llega a aceptar que no todas las relaciones monógamas son tóxicas. Pero si esto es cierto, podemos decir que la idea de control y posesión no se encuentra intrínsecamente ligada a la idea de monogamia, sino a una forma falsa de amar ligada más bien a una representación cultural (el patriarcado).

Por otra parte, parece que cuando entran a discutir sobre la monogamia entienden esta como un pacto entre arrendatarios que se ceden pertenencias. Textualmente se dice que en las relaciones monógamas se hace el siguiente contrato “tú me perteneces y yo te pertenezco”. La idea no es de pertenencia, más bien, de entrega. No se entrega tampoco a la persona como pertenencia, sino como amante. Y como amante entrega sus besos, su pasión, sus relaciones sexuales... En caso de que fuese un contrato de pertenencia, en el momento de ver otra pertenencia que fuese mejor, no dudaría en cancelar el contrato. Con esto no digo que las relaciones monógamas sean idílicas, más bien lo contrario. Comparto hasta cierto punto la crítica que hacen a estas desde las perspectivas del amor libre, no obstante, repito que aquello que critican no destruye la esencia de lo que es la monogamia, pues son diferentes manifestaciones de esta.

Analicemos ahora otro artículo sobre la monogamia. Más bien, se hace llamar una defensa a la libertad sexual de la mujer (parte del artículo que suscribo al cien por cien). Sin embargo, se da una crítica a la monogamia que me parece interesante tratar. Si alguno de vosotros tiene conocimientos en inglés, recomiendo que se haga una lectura a este artículo de Elfy Scott, llamado In defense of promiscuity (http://www.sneakymag.com/sex-2/promiscuity/). En el artículo comenta como supuestamente existen pruebas científicas de que biológicamente el ser humano está diseñado para no ser monógamo. Esta afirmación sin duda es sorprendente. Nos remite a dos investigadores: Christopher Ryan y Cacilda Jethá. Estos afirman que la monogamia es un constructo social. Bien, he de decirlo, tienen razón. Tampoco es que hayan descubierto América. Me explico, decir que un elemento principalmente social (el amor) es un constructo social no creo que tenga mucho mérito científico. Mucho menos cuando se intenta poner como ejemplo un hipotético estado de naturaleza (recordemos que el contractualismo jamás aceptó estas posibilidades como 100% reales, sino siempre como marcos hipotéticos en los que construir una teoría sobre la organización política).

Además, por mucho que digamos que biológicamente no estamos diseñados para ser monógamos (cosa que sería absurda, pues de ser así no seríamos monógamos ninguno), daría exactamente lo mismo, pues el ser humano no vive solo en el marco de lo biológico (cosa que cualquier transgénero, transexual, etc. podría corroborar). Elfy Scott pone como ejemplo a los bonobos, simios que poseen una gran actividad sexual, empleándola incluso como saludo. Por contra, podríamos hablar de otros familiares igualmente cercanos a nuestra rama evolutiva: los chimpancés y los orangutanes. Ambos se estructuran de manera monógama e incluso, los orangutanes actúan de manera muy territorial. El argumento que da Elfy Scott, intentando tirar por lo científico, fracasa al no poder encontrar un fundamento biológico a un comportamiento que, efectivamente, es cultural.

El fracaso del propio artículo llega cuando la propia Elfy Scott admite que sentir atracción sexual no supone amar. No hace falta amar para tener relaciones sexuales, al igual que no hace falta tener relaciones sexuales para amar (¿dónde entraría los asexuales si no?). Elfy Scott no puede acabar de rechazar la monogamia, pues no encuentra un argumento que la anule. El artículo que más veces he visto compartido en redes que defienden el amor libre como crítica a las relaciones monógamas no consigue alcanzar la profundidad suficiente.

Las formas de amor libre son muy diversas. La más conocida es el poliamor, en contraposición con el monoamor. Los partidarios del amor libre, elevan el poliamor al nivel de condición sexual. Encontramos artículos que lo que nos aconsejan sobre como salir del armario si somos poliamorosos. En este link podemos encontrar una definición del poliamor: http://amorlibrespain.tk/sobre-el-poliamor/. Extraña encontrar en la misma definición una negación propia de otros tipos de amor. “El amor exclusivo no es, por definición, amor”. No se está defendiendo la libertad de escoger, se está atacando directamente una forma de amar. Además esa descripción de lo monogámico como tóxico, enfermizo. Extraño pero cierto, los defensores del amor libre han entrado en la dinámica de los que más han luchado contra libertad del amor: los homófobos. “Eso no es amor”, gritaba la Iglesia Católica. La definición de lo que es amor y lo que no es, por definición, intolerancia y, por lo tanto, niega cualquier posibilidad de amor. Lo que denominaban libre está aun más encadenado que lo que pretenden liberar. Se han desenmascarado. El amor libre no surge como una forma de amor más, como una opción a elegir (aunque suene redundante) libremente, sino como la única forma de amor. He aquí donde pierde su fuerza pues el amor nunca debe ser fruto de la imposición.

Por si fuera poco, estos ámbitos suelen ser donde más ronda la hipernormatividad, la clasificación en categorías perfectamente separadas unas de otras. Curiosamente, el amor libre se encuentra sujeto a normas. Puedes encontrar también guías de como deconstruirte, pasos a seguir para ser poliamoroso, etc. Es un concepto mucho más encerrado del que es el monoamor. Los que tanto afirmaban que las limitaciones en el amor monógamo erosionaban las relaciones de pareja, han resultado ser los mayores limitadores. Y como ya hemos comentado, si no es libre, no puede ser considerado amor.

Quizá Platón no se hallaba tan equivocado. Quizá el, tan malinterpretado, concepto de amor platónico sea la solución al problema del amor. Amar a la esencia, al alma de la persona, a una como individuo, a todas las demás como miembros de la polis. Conseguir que el amor sea impulso de lo político. Además, el amor exige ser trabajado a diario. No es algo que se consigue en el ambiente, que aparece y se va como si nada. Se trata de algo que hay que esforzarse por mantener. Realmente, asusta pensar que da tanto miedo en las sociedades de hoy en día comprometerse a algo tan bonito como el amor... y esforzarte por mantenerlo.

sábado, 7 de enero de 2017

Promesas.

Puede que parezca raro, pero en ocasiones te apetece repensarte, deconstruirte hasta parecer alguien completamente diferente. En algunas personas es incluso más habitual. Se miran a sí mismos, sin necesidad de espejos (con lápiz y papel basta a los más hábiles deconstructores) y se destruyen. Ven en su imagen algo que no quieren ser. Se suelen confundir con esas personas que visten raro, tienen el pelo de colores o huelen a sustancias alucinógenas. Yo os digo que no suele ser así. Los que más firmemente se cuestionan sus propias ideas son aquellos que jamás pensarías que son. Normalmente son rechazados, sí, pero no por vestir medias de leopardos, teñirse las cejas de arcoíris o pretender estar loco. Si son rechazados es porque su mentalidad no encaja con lo que debería decir, pensar o mostrar.

De cada individuo se espera siempre algo. Es algo común en nuestra sociedad ser tan obvios que se sepa al cien por cien cual va a ser el siguiente paso que vamos a dar después del primero. De un albañil se espera que construya bien su edificio, cumpla su jornada laboral, se vaya a almorzar a las 12 al bar de siempre y vuelva a casa después de haber pasado por algún bar cercano como distracción de su dura jornada laboral. Nos plantean una serie de horarios que cumpliremos, porque si no lo hacemos se nos reprocha. "¡Qué raro! Hoy Juan no ha venido a almorzar su bocata". Esa es la condición a la que estamos sometidos en la sociedad de lo previsible. Nos construyen, no somos lo que queremos ser aunque pensemos que lo somos, jamás podremos evitar esta falta de libertad. Somos radicalmente oprimidos por los horarios e, incluso, por lo que somos.

Me explico. Si un rockero dijese de repente "¡Qué temazo el último single de Maluma!" todos lo miraríamos con cara de asombro. Se espera de ese rockero que diga que el último single de Maluma ha sido una basura. No digo que Maluma sea un buen cantante, pero imaginemos el caso en que el rockero, por una serie de circunstancias X ha llegado a la conclusión de que Maluma ha sacado un buen single. Por mucho que él lo opine, estará sujeto a su condición de rockero. Esperamos de él que se ponga a desprestigiar a Maluma, a decir que es un mal músico o, incluso, que no es ni siquiera música. A esto me refiero. Quizá el ejemplo del rockero sea un ejemplo demasiado liviano como para entender que existe una opresión por lo que eres. El problema llega cuando en vez del concepto rockero se asumen otra serie de conceptos. Si eres punky se asume que serás antisistema, que llevarás una cresta de múltiples colores y que si viene Gatillazo a tocar en directo, serás el primero en estar en la cola. El punky se cree libre. Se cree que es así porque él ha elegido serlo, pero lo que no sabe es que está entrando en la lógica de la predictibilidad. Es predecible porque se ha etiquetado.

La importancia de las etiquetas es máxima en esta sociedad. Como ya he dicho, de todo individuo se espera algo. Si esto es así es porque existe una etiqueta. En la fábrica del individuo se le marca como lo que es. Esta marca actúa como aquello que lo hace predecible. Se marca como una señal que arde en la piel de quien es marcado. El hierro al rojo vivo le recuerda, constantemente, que debe ser predecible. El ser humano ha perdido su naturaleza espontánea y se ha convertido en una máquina con una lógica matemática que asusta. Incluso quienes se autoproclaman al margen de la sociedad son parte de la sociedad. Los punkys, los heavys, los skins y, en general, cualquier tribu urbana actúan como tal, como la marca final para aquellos que no supieron identificarse anteriormente con una mayoría social. En muchas ocasiones oirás de estos que son lo opuesto a la sociedad. Y probablemente los hayas confundido con aquellos pocos personajes que son capaces de deconstruirse a si mismos constantemente, que se repiensan y se miran, pero no en el espejo. Realmente, aquellos que se repiensan a sí mismos suelen aborrecer estas formas de vivencia. Suelen ser rechazados siempre, tranversalmente. No suelen encajar, a diferencia de los que han sido marcados.

Por ello reivindico la necesidad de ser esos raritos que levantan la mano y preguntan estupideces. Los que son rechazados, por la mayoría social por preguntar, por las minorías por tener personalidad y por sí mismo porque tiene la capacidad de saber cuando ha de mudar de lo que es ahora. Esta actitud derrota todo tipo de dogmatismo. Esta actitud es la que encontrareis de aquí en adelante, si proseguís leyéndome. Esa es mi promesa, mi marca. Quizá, quien sabe, yo también me hice predecible.