En esta entrada se
realizará una réplica/crítica a una idea realizada en un blog de
un compañero. Os animo a leer ambas reflexiones, pues ninguna debe
ser rechazada. En primer lugar, aclarar que esta fue una idea que mi
compañero tuvo hace tiempo y que, por lo tanto, su tesis estará
mucho más asentada y trabajada que en su formato original. Por otro
lado, dejar claro que el autor de esta entrada es un buen compañero
mío de la Facultad de Filosofía y que el debate que aquí planteo
será siempre desde la cordialidad y la sanidad de este mismo. El
link lo dejo a continuación y os invito a leerlo antes de comenzar
con mi crítica a este planteamiento:
http://lalocuraes.blogspot.com.es/2013/04/mi-mundo-ideal.html.
Podemos observar que se
trata de una exposición de un mundo que el autor sueña. Un mundo
completamente distinto al nuestro. Ahora bien, no me centraré en
otros aspectos que el autor señala, como la reducción del
presupuesto militar o el triunfo de ciertas premisas de lo que fue el
15M. Hay una medida que me
llama mucho más la atención: el establecimiento de una edad máxima
de vida.
Se
podría plantear esta tesis desde varios puntos de vista, los cuales
exploraré a continuación (pues todos estos son puntos que hemos
tratado en debates personales, cara a cara). El primero de todos es
el que él mismo expone en el propio artículo. Mezcla dos
perspectivas personales muy interesantes. El hedonismo, por una parte
le hace defender la mayor satisfacción de nuestros placeres. Por
otra parte, el comunismo, el cual le hace mirar por el bien común.
Este es un cocktail de
pensamientos filosóficos que nos muestra como ingredientes un
individualismo basado en los placeres y los deseos del sujeto y un
colectivismo basado en un bienestar común, lo que es mejor para la
sociedad.
El
hedonismo puede parecer una tesis filosófica muy interesante. En
parte, comparto muchos aspectos de este pensamiento. No obstante,
siempre he considerado que se queda corto en su descripción del
individuo. ¿Acaso solo podemos limitarnos a los placeres personales?
¿Acaso los sujetos no somos algo más complejo que solamente deseos
e instintos? Esta es una premisa que podemos rechazar de base. El
individuo busca algo más que esto. En mi humilde opinión, ya
vivimos en una sociedad basada en la satisfacción continua de
nuestros deseos personales y, a lo único a lo que nos ha llevado es
a vivir en la sociedad en la cual la depresión se ha puesto como una
de las enfermedades más comunes en este siglo XXI, junto con el
cáncer y el sida.
Con
respecto a su tesis sobre el bien común, tengo una crítica asentada
hace ya tiempo con respecto a este tipo de perspectivas. Numerosos
autores a lo largo de la filosofía han intentado basar sus
conclusiones éticas y políticas sobre esta premisa. Existe un
problema muy grande con estos planteamientos. Cuanto más se piensa
en el bienestar común, menos se piensa en el bienestar del
individuo. Es paradójico, pues la mayoría de dilemas morales que se
han tratado a lo largo de la historia de la filosofía moral se basan
en esta dualidad. Retomaré este tema más adentrado el artículo.
Otra
perspectiva sobre la cual se podría apoyar la medida de una edad
máxima de vida es un problema demográfico. Argumentar la
sobre-población para defender este tipo de medidas es algo que
siempre se ha visto en todo tipo de debates. ¿Es la sobre-población
un problema tan serio? Obviamente sí. No voy a ser tan estúpido de
cegarme por no defender esto. Ahora bien, habría que mirar si esta
solución no podría resultar en problemas más graves.
El
problema más serio que veo con esto es el siguiente: que se esté
defendiendo una medida que toca el campo de la moral para intentar
arreglar un problema de origen demográfico y económico. Me explico.
Cuando se toma una medida tal que resulta en problemas morales, la
justificación debería centrarse en ser una justificación moral, no
desde otro ámbito. Es peligroso poder lanzar conclusiones al aire
sin que haya una revisión moral de estas mismas.
Dicho
lo cual, cabría hacerse la pregunta ¿Es moral obligar al suicidio
asistido a todas aquellas personas que hayan llegado a cierta edad?
Mi respuesta es un no rotundo. En primer lugar, porque el propio
concepto de suicidio obligatorio
va en contra de todo lo que debería ser un suicidio. Es una decisión
que uno toma sobre su propia vida, un derecho basado en el habeas
corpus y en los artículos 1 y 3
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dicen así:
“todos los seres humanos nacen libres e iguales” y “todo
individuo tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad”. Si
bien es cierto que no seré yo quien defienda que los DDHH son
absolutos y determinantes, también es verdad que a día de hoy,
quien quiera tomar una medida que vaya en contra de estos tendrá que
justificarlo desde un razonamiento moral.
¿Qué
es entonces el suicidio? ¿Qué personas pueden tomar esta decisión?
Este es un tema que levanta polémicas. Desde mi punto de vista, el
suicidio es una decisión que debe ser tomada desde una serie de
condiciones óptimas del sujeto. Sería injusto, pues, que una
persona que tiene una serie de problemas mentales tomase esta
decisión sin haber tratado estos problemas con anterioridad.
Asímismo podemos estar de acuerdo en que estas condiciones no se
cumplen en el sistema propuesto por mi compañero. Lo que propone
entonces, no es un suicidio obligatorio,
sino un asesinato.
Lo
que es peor, este asesinato se toma en como una especie de
procedimiento burocrático. Un filósofo esloveno dijo alguna vez que
si supiéramos de antemano el día de nuestra muerte, nadie elegiría
vivir. No puedo estar más de acuerdo. La muerta ya es una
circunstancia que ronda nuestra mente, como una especie de amenaza
constante. La condición de estar vivos es la seguridad de estar
muertos en un futuro. La seguridad de estar muertos en una fecha
límite arranca las posibilidades de vida. El individuo no podría
satisfacer sus deseos y sentirse bien con ellos, no solo porque el
sujeto no se alimenta de placeres, sino también porque el hecho de
limitar su vida hace que los deseos sean aún más ilimitados.
La
sociedad de las prisas, del consumo desenfrenado, del cumplimiento de
unos planes autoasignados seguiría vigente. Mientras esto siga
vigente, los cuidados de sí no desaparecerán. El individuo-empresa
se acentuará incluso más. La sociedad en la que la depresión es la
enfermedad más exitosa en las listas de pacientes estará ahí. No
puedo pensar que esto se sostenga con el hedonismo. Más bien lo
contradice por completo. Lo que defiende mi compañero en secreto es
el estoicismo.
Esto
se muestra más claro en el momento en el que se habla de la muerte
en su artículo. La muerte es algo tan natural como el nacimiento.
Sin embargo, nos causa horror. Deberíamos aceptarla, como quien
acepta una ruptura. No obstante, ¿qué da un sentido a la vida más
que el miedo constante a la muerte? En este punto ya no hablo solo de
vida humana, sino más bien de vida en el sentido biológico.
Darwin
definió la vida como el arraigo que tenemos hacia esta. El sentido
de la existencia de las especies es el instinto de supervivencia, ya
no solo de la misma especie, sino, como bien define Richard Dawkins
en su reformulación del neodarwinismo del propio individuo. La
muerte nos aterra, no solo a los humanos (por lo tanto, no es algo
cultural como dice el autor de este articulo, sino algo biológico)
sino a todos los seres animales. De hecho, más bien, el único ser
capaz de quitarse ese arraigo a la vida sería el ser humano, pues
este tiene la opción del suicidio. El miedo a la muerte es algo
incluso más natural que la propia muerte.
Como
conclusión, quería volver a señalar la contradicción que he
encontrado en la formulación de esta idea. Esa contradicción que
además sirve como paradigma de casi todos los dilemas morales. Esta
es, la contradicción entre el bien del individuo y el bien social.
Hay quien pudiera decirme que no es así, que existe una posición
que podría resumir ambos bienes, no obstante, en estas terceras
posiciones siempre se esconde una de las dos propuestas. Lo que se
pretende desde este artículo es demostrar que una medida que
defiende el bien común, puede servir para defender el bien del
individuo. Ahora bien, resulta que hemos conseguido demostrar que no
es así del todo. Que las consecuencias de este planteamiento son aún
más perjudiciales para el individuo. Será muy complicado
reconciliar ambas posturas. Es un reto que se nos plantea a los
filósofos morales, un reto que habrá que asumir.