sábado, 7 de enero de 2017

Promesas.

Puede que parezca raro, pero en ocasiones te apetece repensarte, deconstruirte hasta parecer alguien completamente diferente. En algunas personas es incluso más habitual. Se miran a sí mismos, sin necesidad de espejos (con lápiz y papel basta a los más hábiles deconstructores) y se destruyen. Ven en su imagen algo que no quieren ser. Se suelen confundir con esas personas que visten raro, tienen el pelo de colores o huelen a sustancias alucinógenas. Yo os digo que no suele ser así. Los que más firmemente se cuestionan sus propias ideas son aquellos que jamás pensarías que son. Normalmente son rechazados, sí, pero no por vestir medias de leopardos, teñirse las cejas de arcoíris o pretender estar loco. Si son rechazados es porque su mentalidad no encaja con lo que debería decir, pensar o mostrar.

De cada individuo se espera siempre algo. Es algo común en nuestra sociedad ser tan obvios que se sepa al cien por cien cual va a ser el siguiente paso que vamos a dar después del primero. De un albañil se espera que construya bien su edificio, cumpla su jornada laboral, se vaya a almorzar a las 12 al bar de siempre y vuelva a casa después de haber pasado por algún bar cercano como distracción de su dura jornada laboral. Nos plantean una serie de horarios que cumpliremos, porque si no lo hacemos se nos reprocha. "¡Qué raro! Hoy Juan no ha venido a almorzar su bocata". Esa es la condición a la que estamos sometidos en la sociedad de lo previsible. Nos construyen, no somos lo que queremos ser aunque pensemos que lo somos, jamás podremos evitar esta falta de libertad. Somos radicalmente oprimidos por los horarios e, incluso, por lo que somos.

Me explico. Si un rockero dijese de repente "¡Qué temazo el último single de Maluma!" todos lo miraríamos con cara de asombro. Se espera de ese rockero que diga que el último single de Maluma ha sido una basura. No digo que Maluma sea un buen cantante, pero imaginemos el caso en que el rockero, por una serie de circunstancias X ha llegado a la conclusión de que Maluma ha sacado un buen single. Por mucho que él lo opine, estará sujeto a su condición de rockero. Esperamos de él que se ponga a desprestigiar a Maluma, a decir que es un mal músico o, incluso, que no es ni siquiera música. A esto me refiero. Quizá el ejemplo del rockero sea un ejemplo demasiado liviano como para entender que existe una opresión por lo que eres. El problema llega cuando en vez del concepto rockero se asumen otra serie de conceptos. Si eres punky se asume que serás antisistema, que llevarás una cresta de múltiples colores y que si viene Gatillazo a tocar en directo, serás el primero en estar en la cola. El punky se cree libre. Se cree que es así porque él ha elegido serlo, pero lo que no sabe es que está entrando en la lógica de la predictibilidad. Es predecible porque se ha etiquetado.

La importancia de las etiquetas es máxima en esta sociedad. Como ya he dicho, de todo individuo se espera algo. Si esto es así es porque existe una etiqueta. En la fábrica del individuo se le marca como lo que es. Esta marca actúa como aquello que lo hace predecible. Se marca como una señal que arde en la piel de quien es marcado. El hierro al rojo vivo le recuerda, constantemente, que debe ser predecible. El ser humano ha perdido su naturaleza espontánea y se ha convertido en una máquina con una lógica matemática que asusta. Incluso quienes se autoproclaman al margen de la sociedad son parte de la sociedad. Los punkys, los heavys, los skins y, en general, cualquier tribu urbana actúan como tal, como la marca final para aquellos que no supieron identificarse anteriormente con una mayoría social. En muchas ocasiones oirás de estos que son lo opuesto a la sociedad. Y probablemente los hayas confundido con aquellos pocos personajes que son capaces de deconstruirse a si mismos constantemente, que se repiensan y se miran, pero no en el espejo. Realmente, aquellos que se repiensan a sí mismos suelen aborrecer estas formas de vivencia. Suelen ser rechazados siempre, tranversalmente. No suelen encajar, a diferencia de los que han sido marcados.

Por ello reivindico la necesidad de ser esos raritos que levantan la mano y preguntan estupideces. Los que son rechazados, por la mayoría social por preguntar, por las minorías por tener personalidad y por sí mismo porque tiene la capacidad de saber cuando ha de mudar de lo que es ahora. Esta actitud derrota todo tipo de dogmatismo. Esta actitud es la que encontrareis de aquí en adelante, si proseguís leyéndome. Esa es mi promesa, mi marca. Quizá, quien sabe, yo también me hice predecible.